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LIBIA ME DESPERTÓ A LA VIDA DE NUEVO

Libia me despertó a la vida de nuevo

 

Gracias a Libia y a los libios por recordarme donde se encuentra la felicidad y ayudarme a despertar.

Crecí en una familia de seis hermanos viviendo a las afueras de la ciudad. El autobús ni siquiera llegaba hasta nuestra casa y teníamos que caminar unos 500 mt. para llegar a la parada más próxima. Jugábamos por el jardín y en la calle donde nos encontrábamos con los vecinos, jugábamos a escondite, mosquito al aire, piola o simplemente nos sentábamos a hablar tranquilamente hasta que mamá nos llamaba para comer o cenar.


En verano íbamos, cada día a la playa en bañador y sin zapatos porque así no nos teníamos que preocupar de nada. Solo teníamos que cruzar la calle y andar unos cincuenta metros. Volvíamos a casa a la hora de comer.

Alrededor de casa solo había un colmado, una barbería, una lechería, una farmacia, un bar y poco más. Todo lo demás eran viviendas privadas bastante diseminadas.

Teníamos la ropa imprescindible que necesitábamos hasta que se volvía vieja o nos quedaba pequeña y nunca sentí que necesitara nada más.

Una vez al año, cuando encendían las luces de Navidad de la ciudad, mamá nos llevaba a pasear por la ciudad para ver las jugueterías y el ambiente navideño, era maravilloso, era como un sueño, recuerdo un sentimiento de dicha completa y placer al ver toda aquella alegría, luces, juguetes y tantas tiendas. No nos compraban nada porque el paseo era ya un maravilloso regalo y no recuerdo haber pedido que me compraran nada ni tampoco recuerdo que lo hiciera ninguno de mis hermanos. Luego llegaba Navidad y cada día era mágico, especial, diferente, comidas que no veíamos el resto del año, vajilla especial, cristalería con cinco copas para cada uno especial, cubertería de plata solo para estas fechas,…y ya la fecha cumbre eran los reyes Magos que llegaban a casa mientras dormíamos.

Nos íbamos a la cama muy emocionados pensando en qué nos traerían, porque nosotros en nuestra carta siempre poníamos “lo que sus majestades quieran” porque mamá nos decía que ellos saben mejor que nosotros las cosas que hay y lo que nos gustaría. A la mañana, muy temprano el que primero se despertaba llamaba al resto de hermanos y todos juntos bajábamos al comedor donde habíamos dejado nuestro zapato. Este maravilloso momento, bajando las escaleras y abriendo la puerta del comedor donde estaban todos los regalos junto al zapato de cada uno de nosotros es una imagen y un sentimiento que tengo grabado en mi mente y mi corazón para siempre. Todos teníamos un buen regalo, el regalo del año puesto que no recibíamos ningún otro a lo largo del año.

Poco a poco fue introduciéndose la sociedad de consumo a mi alrededor pero posiblemente por mis metas específicas enfoqué mi vida a estudiar, el deporte, los amigos, la familia, y no viví inmersa ni pensaba en compras.

Era atleta, campeona de mi provincia y sin embargo nunca tuve un shandal, ni pensé que lo necesitara.

Me fui a estudiar a Barcelona y allí entre los estudios, el amor, el deporte y trabajo tampoco tuve tiempo de pensar en las compras así que tenía mis dos pantalones, mis dos jerséis y poco más.

Tal vez influyó mi madre puesto que ella jamás se maquillaba y decía que una mujer guapa está guapa incluso vestida con un saco, también nos decía que la belleza sale de dentro, estar limpios y hacer ejercicio es lo mejor que podemos hacer.

Creo que fue cuando nació mi hija que empecé a desear que ella lo tuviera todo, cubrirle las más mínimas necesidades o deseos, hasta el extremo que ahora me recuerdan aquella época y me dicen que los juguetes me hacían más ilusión a mí que a mis hijos.

Creo que tendría ya más de cuarenta años cuando entré en la sociedad de consumo, en la necesidad y deseo de llenar mi casa de cosas, tener de todo, tener joyas, adornos, ropa de deporte, ropa para la mañana, para la tarde, para la noche, para salir, para ir de excursión…

Ahora, tras más de 20 años de haber vivido en este consumismo en el que todos vivimos inmersos deseo decir que es una mentira.

No me ha aportado más felicidad que la época en la que tenía lo necesario. Nunca he logrado ser más feliz por tener más, y los momentos maravillosos de mi vida están relacionados con vivencias más que con cosas. Muy al contrario, tener la casa llena de cosas, tanta ropa, zapatos, casas, se ha convertido en un peso sobre la espalda que me coarta y no me permite vivir bien.

Fui entrando en el consumismo sin darme cuenta tras el nacimiento de mis hijos y también al mejorar mi situación económica, porque no era muy consciente de toda esta movida de manipulación.

Mi despertar de esta realidad se produjo en Libia cuando vivía en el desierto durmiendo sobre la alfombra sobre la arena, sin absolutamente nada más que una bolsa de ropa de la que me sobraba la mitad.
Luego viviendo en la casa de mi familia libia en Sebha en grandes habitaciones alfombradas y con cojines adosados a las paredes y absolutamente nada más. Todo el resto de la habitación estaba llena de bebés, niños, adolescentes, jóvenes y mayores, todos hablando mientras se miran de frente, a los ojos.
No se cómo ocurría pero no me quedaba tiempo ni siquiera para llamar por teléfono a mi familia de tan ocupada que estaba. ¿Haciendo qué?. No lo sé. Solo puedo decir que siempre estábamos con personas y casi no había cosas.

Cuando regresaba a casa con mi familia, de repente me encontré que la casa se me caía encima. Sentí la necesidad de venderlo todo o regalarlo y quedarme con el mínimo, pero mi familia interpretó mis sentimientos como deseaba huir de mi vida y no me comprendieron, así que no pude tomar las decisiones a las que había llegado, de salirme de estos pesos tan grandes que llevaba en la espalda.

Siento mucho que la agresión a Libia y destrucción implica también introducirla en la sociedad de consumo, las drogas, las armas y toda la suciedad occidental. Muchas veces pienso que el gran tesoro libio que creo que era único en el mundo se haya perdido. Era un país donde la gente era muy culta porque los colegios y universidades eran gratuitos y eran accesibles para todos los libios, al mismo tiempo tenían una sociedad tribal y una cultura única que aún no había entrado en la sociedad de consumo. Posiblemente las presiones occidentales mediante el asedio hicieron que Libia estuviera más aislada, sin embargo los responsables no saben el favor que hicieron a los libios.

Gracias a Libia y a los libios por recordarme donde se encuentra la felicidad y ayudarme a despertar de la modorra consumista.

Last modified onJueves, 28 April 2016 10:40

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